Septiembre de 1914. La Primera Guerra Mundial ha sumido al mundo en un triste efecto dominó. En el mar, la Armada Imperial Alemana intenta enfrentarse a la Armada Británica, la indiscutible primera potencia mundial en todos los mares. En esta guerra marítima en la que combaten titánicos acorazados, cruceros de batalla o incluso cruceros acorazados, hay un arma que empieza a destacar: el torpedero sumergible conocido comúnmente como «submarino». Pero, en los primeros compases del conflicto mundial, el submari no ?ya sea alemán, francés o inglés? sigue siendo una máquina imperfecta, maloliente, lenta y débilmente armada. ¿Qué podría hacer un sumergible de unos pocos cientos de toneladas contra un buque de superficie armado con potentes cañones y cuyo tonelaje se cuenta por decenas de miles de toneladas? En la madrugada del 22 de setiembre de 1914, lo improbable se impondrá a la evidencia. En las aguas grises del mar del Norte, el SM U-9 de la Kaiserliche Marine alemana, con 26 tripulantes y al mando de Otto Eduard Wediggen, hundirá tres cruceros acorazados ingleses en menos de una hora, infligiendo a la Royal Navy una de las derrotas más severas de la guerra.